Sobre libros, escrituras y pinturas |
Juan Batlle Planas – Enrique Molina
POR SILVIA BATLLE
Batlle Planas tuvo una relación muy cercana con poetas y escritores.
Ilustró alrededor de cincuenta libros.
En 2013-2014 se realizó en el Museo del Libro y de la lengua de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno en la ciudad de Buenos Aires, la muestra Energía de la forma donde se exhibieron los libros ilustrados junto a los originales de las ilustraciones y libros de su biblioteca personal.
Juan Batlle Planas alguna vez declaró: «Como no pude ser escritor me dediqué a la pintura». Tuvo con Enrique Molina (1) una amistad entrañable, reflejada en las cartas que Molina le envía a Batlle, desde Bolivia y Perú entre los años 1948 a 1950.
Desde La Paz le escribe acerca de la geografía y de los habitantes del lugar; le recuerdan los personajes, las pinturas de Batlle… rocas, casa de dólmenes, Noica, al viejo del poliedro y los profetas y a las niñas del páramo…
En la carta desde Perú aparecerá Noica nombrada varias veces y como muletilla -en sordina- la frase de Batlle: «Y, aún hay mucho que andar, si Dios quiere ».
Las cartas son una extensa conversación sobre el surrealismo, sobre lecturas compartidas y a compartir, sobre poesía y pintura. Expresan gratitud, reconocimiento y un enorme afecto.
….una comunicación muy intensa y viva me unirá a su espíritu, de una manera perdurable y esa certidumbre es la que me hace fraternizar con Ud. y admirarlo y me da fe, pues por mí mismo, por lo que siento, adivino la realidad de una fraternidad superior entre los hombres, y que los poetas y artistas como Ud. la despiertan.
Enrique Molina a Juan Batlle Planas
La Paz, febrero de 1948
Queridísimo Batlle: Cuando salí para su casa vine al Perú, la lagartija atravesaba por el muro, la mosca en el vidrio, que muere allí. Cosa sabida. Pero, me digo —en silencio, quizás ahora Batlle comprenda y no jurará que fui ingrato (lo he sido). No quiero oír su sentencia. No quiero su olvido y vuelvo siempre a verlo, acatado por huesecillos de durazno, por lavanderas que reinan en espumas, por la piedra imán y la marsopa, insectos, pelambres, turros contaminados de prosodia y presas fangosas cubiertos con cascos de caballo errando por un valle de especias hasta descubrir tumbas de tambores y plantas que ensordecen el corazón de los enemigos. Y lo veo como siempre: coronado por la lechuza marina cuyo lamento oxida los hierros, sentado con su maldita baraja en su trono de cumpleaños, a la vista del mundo. Y, aún hay mucho que andar, si Dios quiere, Batlle, pájaro destinado al suplicio.
Entonces lo reconozco y lo honro y quiero mucho a Batlle, Juan el Cruel, bello demonio de ojos solemnes, alma cautiva entre las garras de su horóscopo. Las negras galeras, describen un saludo majestuoso alrededor de su cuerpo dormido Grises padres de familia con maduras espátulas, recogen joyas que el arroja a los lobos, saludan con felpas sombrías y aún hay mucho que andar si Dios quiere, toda una cáfila de semidioses móviles, suspirando a sus pies. Y su lado derecho está emboscado en bellas apariciones de ternura salvaje, en galerías pétreas y niños cuyos andrajos acaban en vagas frases musicales. Su lado de fuego es él mismo, su lado de espinas un largo sollozo que se traduce en una ventana verde abierta en el día de los muertos. Juan Batlle. Y antaño he adorado su magia, su ilíaco secreto de vaca, sus silbantes agujeros en el muro y una vez llenó mi copa, es cierto, con un pesado líquido ritual, sentado en su pupitre, a su lado su mitad derecha y al otro su revés, los tres juntos y en paz, mientras manejaba, sin ruido su tenedor de plumas, comiendo y departiendo con los pobres amigos” porque aún hay mucho que andar si Dios quiere”. Entonces entró Noica, después de alzar la cortina que colgaba entre las dos habitaciones, avanzando sin prisa hacia su propio nombre sin nacer ornada con garras de mamíferos, olas secas, ojales y gorriones con capítulos de folletín y rosas polvorientas agitando sobre el tapir su pelo salvaje, sonriendo en la dirección del viento, llena de esferas de plumas, de esferas de lagartos con las escamas de sus flores pegadas en los labios, envuelta en su remolino de chispas del Ganges, donde queman los reyes con fuegos antiguos desenterrados del Invierno, todo en una vasta conjura asestada contra el pecho de Juan. Llamas de campamento le iluminaban los codos, dándole ese aire tan puro de ladrones de Navidad cuando escarban en el bolsón y hurgan entre pequeñas calaveras de ratas, piezas perdidas de relojes y trocitos de felpa y aún hay mucho que andar, si Dios quiere.
Luego todo volvió a caer en su silencio y yo me he perdido como un perro, muy lejos, detrás de mi sombra, perro perdido.
Quizás conservo recuerdos melancólicos, tesoros errantes. El rostro de Batlle con sus extraños ojos, su ciencia y su mascarilla de seda tenebrosa para descender a la región de los lagos, como esos que se marchan y han dejado un polvillo de mariposa en las cosas que tocaron antes de partir. Porque él vagabundeó en ese páramo, un plato terráqueo sosteniendo sus hierbas calcinadas en el más abrupto collar de la semana. Allí filtróse con sus mecanismos hasta que alzó la férrea cáscara del espejo y ahí estaban las grutas ancianas que tejen a la sombra del agua, tejen sus muertos en pieles podridas, porque hay mucho que andar, si Dios quiere, un tejido de pescador que esparce su red de aguas. Luego Batlle volvió la cabeza y abrió de par en par su estilo familiar de cartas de la infancia, saliendo del lago con ese color amarillento de retrato sin parientes en el álbum, de baúl del F.C.D. junto a la campánula de la barrera de cuan era feliz en el bosque.
Pero la verdad, Batlle, la verdad, lo extraño, sinceramente y vuelvo a ver cosas que Ud. me mostró y adivino otras que no he visto pero que son suyas, porque hay en mí todo un mundo que Ud. ha suscitado, seres a quienes trato y hasta con quienes lloro a veces, o que a veces consuelan, pero misteriosas criaturas que lo obedecen y que ya de algún modo pertenecen un poco a mi corazón, siento que me iluminan con una profunda claridad, que están incorporadas a mi vida, como esos seres que uno ha querido y tratado mucho. Y detengo la vieja máquina automática para poder decirle, de este lado, cómo la representación de su voluntad, de su pasión, de su poder creativo y su firmeza en la vida es para mí una especie de secreta fuerza, que no me dejará caer nunca del todo, y que me ha enriquecido, me ha fortificado en lo mejor de mí mismo y es una de las cosas más hermosas que tengo a través de tantas tristes, crueles o estúpidas cosas como las que llenan mis días. Y sé que de cualquier modo, aunque nunca volviera a verlo, esté cerca o lejos, una comunicación muy intensa y viva me unirá a su espíritu, de una manera perdurable y esa certidumbre es la que me hace fraternizar con Ud. y admirarlo y me da fe, pues por mí mismo, por lo que siento, adivino la realidad de una fraternidad superior entre los hombres, y que los poetas y artistas como Ud. la despiertan. Carezco de noticias de Buenos Aires. Pero estoy acosado y derrotado por mi peor enemigo: yo mismo.
No sé, aún hay mucho que andar, si Dios quiere. Y Espeche desenfundó sus largas manos apócrifas tragando en el aire los signos del sello de Salomón, un conjuro convincente de dedos hilados por astutas frases, un caballero digital llevando al compás a lo largo de su trato, hasta cerrar el trato, mientras modela graciosamente
su artimaña en el vacío, con su afelpado ademán que engendra el as de copas. Adiós Batlle, en su reino, la gran casa de roca y helechos, mendigando a la luz de la luna, había allí planetas, allí escuchó su sentencia y sentose a la mesa de piedra, como un dolmen, mansión de tumbas, mansión de dólmenes muertos, el canto de un lugar sumergido con pesados y roncos paños podridos por el aliento del mar, y la lámpara de cuerno pendiendo del muro. Adiós Batlle. Uno puede permanecer siglos al amparo de esos goznes. Adiós Batlle. Un largo saludo a su hermano y también en nombre mío salude a su señora y no mire demasiado severamente a este maldito pájaro que le profesa la más sincera admiración y alguna vez quisiera merecer su recuerdo. Adiós Batlle, adiós Batlle, desearía poder explicarle muchas cosas, y uno acaba por despreciarse a sí mismo, como ahora. Adiós Batlle, todo un coro de cosas peligrosas y bellas lo rodee. Lo abraza.
Enrique
Batlle ilustró varios de sus libros de poesías, realizó la viñeta de la revista A partir de cero y compartieron intensas conversaciones en el café Jockey Club de Viamonte y Florida y en su taller de la calle Santiago del Estero 938 en Buenos Aires.
A PARTIR DE CERO. Revista de Poesía y Antipoesía (1952-1956), realizada junto con
Carlos Latorre, Julio Llinás, F. J. Madariaga, Aldo Pellegrini, J. A. Vasco.
LAS PASIONES TERRESTRES. Emecé, Buenos Aires, 1946. Con un dibujo de Juan Batlle Planas en frontis. 19,5 cm x 12, 5 cm. 65 páginas. Estudio-Dibujo Figura, antecedente de la ilustración del libro Las pasiones terrestres.
POESÍA MODERNA ARGENTINA. Ordenada por Osvaldo Svanascini y Horacio Becco, Editorial Pedestal. Impresa en la casa de Don Francisco A. Colombo en noviembre de 1953. Poemas de Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Juan Jacobo Bajarlía, Horacio Jorge Becco, Miguel Brasco, Daniel Devoto, Alberto Girri, Eduardo Jonquieres, Carlos Latorre, Jorge Enrique Móbili, Enrique Molina, Roberto Paine, Aldo Pellegrini, Ernesto B. Rodríguez, César Rosales, Osvaldo Svanascini, Mario Trejo, Alberto Vanasco, Carlos Viola Soto.
HOTEL PÁJARO. Antología Capítulo, Biblioteca Argentina Fundamental, Centro Editor de América Latina. 1981. Ilustración de tapa Juan Batlle Planas. Témpera – Sin título – Colección Carlos P. Blaquier y Sra. (Foto D. Menassé). Se publicó posteriormente al fallecimiento de Juan Batlle Planas.
CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN DE JUA BATLLE PLANAS, GALERÍA VAN RIEL, 1952
Tout le drame se passe dans et loin do cervean
CÉSAR MORO
Juan Batlle Planas permanentemente constituido por drogas hipnóticas cuyo efecto es la aparición de las criaturas lejanas, puede considerarse como una solitaria caverna, una casa de dólmenes abandonados y altares de pieles. De las perforaciones del techo penden guirnaldas y cortinados humedecidos por el aliento del mar. Suspensos como una llama arden pálidos rostros de mujeres narrando historias de Navidad y crímenes. En el centro, a una altura considerable sobre la línea de flotación, es visible una figura de movimientos inconcebiblemente rápidos cuyo perfil cambia con la velocidad de los sueños y que no es otra cosa, recubierta por la escafandra luminosa del instinto de destrucción, que la disgregación sin límites de una naturaleza. Dicha presencia arrastra en sí la ruina de la pintura y significa por lo tanto su liberación o simplemente una ráfaga del caos inicial. Batlle une ahora sus diversas etapas en un gran diamante definitivo que crece con la inexorable fatalidad de los cristales. En su interior pueden verse purificadas las imágenes sin retorno de cuyo núcleo se desprenden nuevas fosforescencias. Con su palito misterioso Noica, la desmemoriada, no volverá a recobrar la densidad con que la ley de gravedad la hacía inclinarse sobre su amante para hablar el único idioma capaz de mantener la ambición desmesurada de las almas gemelas: el olvido. También el Número ha desaparecido por un proceso desprendido de su superficie y que luego, polarizado por la corriente del Golfo, forma esa especie de amuletos deslumbradores que aparecen bajo la almohada tras cada exposición de este pintor. Asimismo Batlle —igual que César Moro—dirige una carta a los tres reinos. Internado suavemente en los países del insecto se ven ahora esas vidas de linterna que resplandecen con la llama de la nostalgia, a cuya luminosidad se precipita una corriente de alas formada por los fragmentos de mica desprendidos de la mecánica celeste y que poseen la vibración soñadora de las almejas, el brillo transformador de esas comisuras secretas por las cuales, en ciertos momentos privilegiados, nos es dado contemplar la realidad. La persistente vegetación que anteriormente brotaba como un soplo señalando los límites extremos de la prudencia —tras los cuales comienza la verdadera vida— continuando su desarrollo se ha transformado en todas las apariencias del deseo fundidas en un único plano donde las correspondencias más profundas cambian sus élitros y sus hojillas, el fuego, la voracidad de la piedra, tótenes, tatuajes, esa atmósfera tórrida que precede a la tempestad y que puede compararse al sentimiento de grandeza que produce el exilio. Por fin ha conseguido el amarillo que cuelga siempre de los árboles su cuerda de ahorcar y el bello negro de las etiquetas de veneno y de mirar al sol fijamente. Por estos colores la habitación posee un movimiento vibratorio producido por el juego mecánico de una galería subterránea, expuesta a plena luz, y de una altísima cúpula que desaparece bajo la superficie produciendo ese zumbido peculiar de los lugares destinados a la profecía. No hay nada comparable al movimiento de linterna de catedral sumergida con que Batlle se mueve. Ni a su manera de responder cuando uno espera el golpe de dados que refresque la atmósfera, cuando se tiene verdadera sed, cuando se es sobrepasado por la miseria perpetua de lo cotidiano, encanallado en toda clase de descripciones, de conformismos, de llaves arrojadas al mar. Por todo lo que trabaja para negar sistemáticamente cuanto de esperanza, de aventura y de imprevisto puede ofrecernos la vida. Por lo demás, todavía es Batlle el único hombre que conoce el sitio exacto donde mueren las anguilas.
ENRIQUE MOLINA
ACERCA DE NOICA. Testimonio de Enrique Molina, “Una visión inédita del surrealismo” Revista Crisis, N.º 29, setiembre de 1975, pp.73.
A través del tiempo, las imágenes pierden su cronología, se reúnen todas a un mismo nivel en el tiempo de la conciencia. Por eso no puedo separar respecto a Batlle, los momentos estancos de su presencia, ni separar del todo su persona de la atmósfera e imaginería de su obra. Pero mirando mejor, como decía Lewis Carroll, la primera visión que rescato es siempre una niña fuera de la ley de gravedad, oblicua, avanzando desde el fondo de un barranco o estepa o desierto de luna, no sé, apoyada en un palo. Y su nombre es Noica… De alguna manera yo intervine en su bautismo. Estaba con Batlle ante el cuadro recién pintado; él buscaba títulos: Imágenes delirantes”, “imágenes paranoicas”… Entonces se me ocurrió: Esa niña se llama Noica” A Batlle le gustó, él sabía, como todo artista dar y enriquecerse en la relación con otros hombres. Después se sucedieron muchas Noicas, entraban y salían de sus sueños, como una obsesiva memoria de la imagen que lo acompañaría, quizás a lo largo de toda su vida.
Batlle, fue en su momento, quien concitó con más fuerza entre nosotros el espíritu surrealista. Sin considerarme nunca obligado a una ortodoxia, he amado siempre cuánto el surrealismo puede alentar de liberación espiritual y de incitante de todos los poderes de la imaginación. El encuentro con la pintura de Batlle, me dio una visión de nuestra actitud. Una visión inédita, profunda y que ponía de manifiesto la energía del pensamiento surrealista.
Batlle era un hombre dramático, magnético. De alguna manera su presencia era siempre inquietante, azuzaba. Cada vez que nos encontrábamos él me miraba fijamente y me preguntaba ¿Cómo están tus sentimientos de culpa? Me aterrorizaba. Cuando me despedía, quedaba descubriendo en mis culpas y culpas que luego me producían angustia, hasta que lograba abominar de esa especie de cepo de remordimientos en que uno termina por dejarse atrapar en cuanto se descuida.
Notas
1. Enrique Molina (1910 – 1997) fue un poeta y pintor argentino. Estudió abogacía, fue tripulante de barcos mercantes y residió en diversos países de América. Identificado con las ideas y los fines del movimiento surrealista. Fundó en 1952, junto a Aldo Pellegrini, la revista «A Partir de Cero».
Fotos: Fondo documental Juan Batlle Planas – Colección Silvia Batlle.
